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Perseverancia, vocación y compromiso social definen la historia de Pamela Cordero, egresada destacada de la Facultad de Derecho de Universidad de Las Américas, quien durante años postergó su sueño de convertirse en abogada para priorizar la crianza de su hija y enfrentar responsabilidades económicas. Sin embargo, decidió retomar ese anhelo y hoy ejerce como asesora judicial en la Asociación Nacional de Suboficiales y Gendarmes, defendiendo a funcionarios sometidos a procesos disciplinarios. Su paso por la Universidad marcó profundamente su formación profesional y humana, sello que asegura, la acompaña hasta hoy.

 

 

¿Qué te motivó estudiar Derecho y cómo fue retomar ese sueño años después?

Siempre quise ser abogada. Era un sueño que estaba ahí, muy vivo, pero tuve que dejarlo en pausa porque mi hija era pequeña y debía trabajar.

En 2015 sentí que era el momento. Mi hija fue clave: desde el primer día me dijo “mamá, dale, tienes cabeza”. Ese apoyo fue el impulso que necesitaba.

Me titulé este año y todavía junto a mi hija y marido vemos el título en el living como algo casi increíble. Fue un logro familiar. Cuando estudias siendo adulta, no lo haces sola; toda la familia está contigo.

 

¿Cómo viviste tu experiencia de estudiante de Derecho en UDLA?

Fue una experiencia buena en todos los sentidos. UDLA me permitió volver a estudiar sintiendo que realmente se abrían posibilidades.

Valoro mucho que la Universidad no solo se preocupe de la calidad académica, sino también de la formación ética. En cada profesor encontré compromiso, exigencia y valores claros. Eso marca.

Estoy orgullosa de la casa de estudios que me formó, porque recibí una educación sólida, con docentes que además ejercen y están conectados con la realidad jurídica actual.

 

 

¿Qué aprendizajes de tu formación fueron clave para tu desempeño profesional?

 Aprendí a estudiar con método y eficiencia, algo fundamental cuando eres adulta y el tiempo es limitado. También aprendí a pensar críticamente, a debatir, a preguntar el por qué.

La posibilidad de practicar litigación, simular juicios y participar en Clínica Jurídica fue decisiva. Ahí entendí lo que significa ejercer el Derecho en la vida real. No todas las universidades ofrecen esa experiencia práctica, y para mí fue fundamental.

 

Participaste activamente en actividades de Vinculación con el Medio. ¿Qué significaron para ti?

Muchísimo. Participé en charlas, debates, actividades con autoridades y congresistas. Eso te hace entender que el Derecho no se queda en el aula; se vive en la sociedad.

La vinculación con el medio te conecta con la realidad, te humaniza como profesional. No estudias en un laboratorio aislado, sino con conciencia de que tu rol impacta directamente en las personas.

 

Hoy ya egresada, ¿sigues participando en esas instancias?

Sí, y lo hago con mucho cariño. Siempre que puedo participo en actividades de la Universidad. Porque la universidad no termina cuando te titulas.

UDLA me formó y siento que sigo siendo parte de esa comunidad. Esa continuidad habla de una institución que acompaña a sus egresados más allá del aula.

 

 

¿Cómo llegaste a desempeñarte como asesora judicial en la Asociación Nacional de Suboficiales y Gendarmes?

Llegué por la recomendación de un amigo suboficial de Gendarmería. Ya tenía conocimientos en Derechos Humanos y procesos sancionatorios, lo que me permitió entender rápidamente la dinámica del servicio.

Comencé a trabajar a fines de segundo año, cuando obtuve el Ius Postulandi, y desde entonces he continuado en esta labor.

 

¿En qué consiste tu rol y cuál es el impacto de tu trabajo?

Defiendo a funcionarios sometidos a procesos sumariales. Los escucho, reviso sus casos y elaboro estrategias de defensa, muchas veces detectando vulneraciones al debido proceso.

Muchos no tienen recursos para pagar un abogado particular y se arriesgan a perder su empleo. Cuando logramos revertir una destitución o demostrar una injusticia, no solo estás resolviendo un expediente: estás cambiando la vida de una familia completa. Esa sensación es impagable.

 

¿Qué consejo le darías a quienes, siendo adultos, quieren estudiar y no se atreven?

Que no se cierren. La edad es solo un número. La mente no se queda en pausa.

Yo estoy comenzando los 50 y siento que estoy partiendo desde cero otra vez. Y lo digo con orgullo. Porque cuando una se atreve, no solo cumple un sueño personal, también demuestra a otros que sí se puede.