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Rancagüina de origen, Johana Pino es médica veterinaria y fundadora de la Clínica Veterinaria Amivet, en la comuna de Ñuñoa. Su historia profesional está marcada por una decisión valiente: dejar atrás una carrera de más de una década como ingeniera civil informática para seguir su verdadera vocación. Estudió Medicina Veterinaria en Universidad de Las Américas, titulándose con distinción máxima, y en 2020, en plena pandemia, fundó su propia clínica. Hoy, además, se ha especializado en odontología veterinaria, área a la que dedica gran parte de su labor profesional, convencida de que la medicina debe ejercerse con conocimiento, empatía y compromiso.

 ¿Qué te motivó a fundar la clínica Amivet en 2020 y cuáles fueron los principales desafíos de emprender en contexto de pandemia?

Fundar Amivet en plena pandemia fue, sin duda, un desafío enorme, pero también una decisión profundamente impulsada por el amor hacia los animales y por el sueño de dedicar mi vida a su bienestar. Desde siempre quise crear un lugar donde cada mascota fuera atendida con cariño, respeto y profesionalismo, y la pandemia solo reforzó esa necesidad: muchas familias estaban más unidas que nunca a sus animales y requerían atención veterinaria confiable.

Los desafíos fueron muchos: incertidumbre económica, restricciones sanitarias, miedo generalizado y dificultades para conseguir insumos. Pero cada obstáculo lo enfrenté con esfuerzo, convicción y el apoyo de personas que creyeron en este proyecto. Ver a Amivet crecer en ese contexto fue una prueba de que, cuando se trabaja con amor y propósito, los sueños pueden hacerse realidad.

¿Qué valor ves en trabajar con profesionales formados en tu misma casa de estudios y cómo ha influido eso en la identidad de la clínica?

Para mí es un orgullo enorme trabajar con colegas egresados de UDLA. La Dra. Lorna Cárcamo, quien se dedica a medicina felina, comparte una base formativa sólida, una mirada centrada en el bienestar animal y un estilo humano de ejercer la medicina veterinaria. Eso genera un lenguaje común dentro del equipo, facilita el trabajo colaborativo y crea una identidad muy marcada, profesional, empática y orientada al servicio.

Además, he tenido la oportunidad de recibir alumnos en práctica y ver cómo vienen preparados y motivados. Integrarlos al equipo es una forma de devolver lo que la Universidad me entregó y, al mismo tiempo, fortalecer una cultura de aprendizaje continuo dentro de la clínica. En Amivet se respira amor por los animales, compromiso ético y ganas de crecer, valores que compartimos desde nuestra formación.

¿Qué aspectos consideras fundamentales para ofrecer una atención veterinaria de calidad y mantener la confianza de los tutores de mascotas?

Para ofrecer una atención veterinaria de calidad, creo que lo más importante es combinar conocimiento técnico con una profunda vocación. La medicina es esencial, pero también lo es la forma en que acompañamos a los tutores y a sus mascotas. La empatía, la comunicación clara y el trato respetuoso hacen una diferencia enorme.

En Amivet nos esforzamos por brindar un diagnóstico responsable, tratamientos basados en evidencia, explicar cada paso y, sobre todo, tratar a cada paciente como si fuera parte de nuestra propia familia. La confianza se construye con transparencia, cariño y dedicación diaria, y es un privilegio que las familias nos permitan cuidar de quienes más quieren.

Mirando hacia atrás, ¿qué aprendizajes o experiencias de tu formación en UDLA sientes que fueron clave para convertirte en profesional y emprender tu propia clínica?

Cuando miro hacia atrás, sin duda los ramos prácticos fueron lo más valioso de mi formación. Fue ahí donde realmente pude aplicar los conocimientos de años de estudio y comprender cómo tomar decisiones clínicas con seguridad. La casuística era muy variada, y eso me permitió enfrentarme a diferentes escenarios, preparándome para el trabajo real en una clínica.

Ramos como farmacología, los laboratorios, la formación práctica y la cercanía con los profesores fueron fundamentales. Siempre había alguien dispuesto a orientar, corregir y transmitir experiencia. Y, por supuesto, el gran grupo de estudio que tuve, al que recuerdo con muchísimo cariño. Compartimos largas horas de esfuerzo, dudas, aprendizaje y sueños, y todo eso marcó profundamente mi camino profesional.

Con el tiempo, ese mismo espíritu de responsabilidad y amor por los animales me llevó a especializarme en odontología veterinaria, un área a la que me he dedicado durante los últimos años. La salud dental muchas veces se posterga, pero es clave para la calidad de vida: puede causar dolor crónico y problemas sistémicos graves si no se aborda a tiempo. Haber tenido una base sólida desde mi formación me permitió asumir este desafío y aportar desde un ámbito que impacta directamente en el bienestar de los pacientes.