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Aldo Ocampo González es el fundador y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Educación Inclusiva (CELEI), primera institución en su tipo en América Latina. Profesor egresado de Universidad de Las Américas, ha sido reconocido internacionalmente por su aporte a la epistemología de la inclusión, con múltiples distinciones en Ecuador, Perú y otros países de la región.

Con una sólida formación académica que incluye doctorado, másteres y postdoctorados en universidades de Chile, España, Brasil, Colombia y México, ha escrito seis libros y más de 300 publicaciones académicas. Su trayectoria como conferencista y docente abarca universidades de todo Iberoamérica, siendo actualmente profesor en programas de doctorado y postdoctorado en Perú, México, Colombia, Argentina, Ecuador y Chile.

 ¿Qué significó para ti estudiar en UDLA?

Yo siempre quise ser profesor, ante todo. Cuando ingresé a Universidad de Las Américas, me fui encontrando con profesores que vieron algo en mí, me incentivaron a desarrollar mis capacidades. Un ejemplo de ese gran estímulo a mis capacidades fue la profesora Victoria Muñoz Benavides, quien me impulsó a tomar los primeros magísteres que hice, ella jugó un papel estratégico para que yo ingresara y pudiera graduarme. Creo que, si no hubiese tenido esos estímulos, más fortuna de recibir clases de excelentes formadores, no habría logrado nada de lo que he alcanzado académicamente. Quisiera destacar que, un atributo crucial de mi formación de pregrado fue no trabajar en torno al quehacer intelectual para complacer, sino para crear otros horizontes de sentido.

 ¿Qué consejo darías a quienes estudian pedagogía en UDLA hoy?

Seré muy claro: tienen el desafío ético de formarse lo mejor posible, la universidad a uno le entrega muchas herramientas, pero en la medida en que no hay un proceso sobre ti, el compromiso, la ética o cualquier atributo necesario para ejercer exitosamente esta profesión, simplemente no sucede. Este trabajo es complejo, no por los estudiantes y lo que hoy conocemos a través de la prensa en materia de convivencia escolar, sino, porque nuestro rol impacta muy profundamente en la vida de las personas Un profesor que no sepa hacer pensar a sus estudiantes debería volver a formarse, un profesor no tenga creatividad, debería volver a formarse, un profesor que conciba la clase solamente de lápiz y papel, con ciertas tecnologías, debería volver a formarse, porque esos son insumos, pero el proceso para que acontezca en la persona pasa por la creatividad, por el pensamiento y por la conciencia; en esos tres anclajes esta cuestión se materializa.

¿Cómo concibes el aporte de tu trabajo al desarrollo teórico de la educación inclusiva?

Siempre he pensado que mi trabajo es a largo plazo, no busca respuestas inmediatas. Mi proyecto intelectual en los próximos años consiste en ir fortaleciendo los campos de análisis a nivel epistemológico, metodológico, estético y político de la educación inclusiva, así como aclarar su universo metodológico y todo aquello que dice relación con la comprensión del sujeto educativo al que apela este movimiento, que no es solamente un sujeto del déficit o un sujeto en riesgo tal como lo han planteado los modelos desarrollistas a través de marcos ontológicos normativos, sino que logre consolidar una comprensión acabada de cuál es ese sujeto al que este movimiento apela más allá de la patología, de la desviación y de la diferenciación, atributos que se juegan en torno a la concepción naturalizada de la diversidad y, muy especialmente, de la naturaleza humana.

¿Cómo crees que debieran reconfigurarse las instituciones educativas para avanzar hacia una inclusión real y no solo simbólica?

La mera incorporación de estudiantes en las estructuras educativas no resuelve el problema. Vemos con crudeza que muchas veces se generan nuevas formas de exclusión, o prolifera lo que llamamos dinámicas de inclusión excluyente, lo que en la práctica mantiene viva las desigualdades de todo tipo, haciendo que el mundo funcione como de costumbre. Necesitamos reconocer que cada estudiante es en sí mismo es una forma singular múltiple, esto es, una fuerza que difiere en el espacio y se nos revela una firma única e irrepetible de ser.

 ¿Qué transformaciones consideras necesarias en la formación inicial docente?

La más urgente es aquella que dice relación con la necesidad de entender cómo se enseña la educación inclusiva y, muy especialmente, qué es y cómo se práctica más allá de cuadros diagnósticos, ajustes y adaptaciones para grupos poblaciones específicos. Más que ser un discurso amigable, la educación inclusiva es un discurso donde se juegan los futuros de la educación. Entonces creo que los futuros profesores, que son hijos o herederos de un modelo social de mayor sensibilidad y consciencia respecto a diversos horrores sociales, injusticias educativas y opresiones culturales, por ejemplo, necesitan comprender el fenómeno al que están apelando desde marcos epistémicos, metodológicos y ontológicos sólidos. Aquí hay una deuda claramente pendiente en todo el continente.

Desde su propia experiencia como estudiante en UDLA, hasta la creación de espacios como CELEI, su mensaje es claro: educar es una acción política y humana, y el mayor acto de responsabilidad docente es asumir que cada clase puede ser el inicio de una gran transformación.