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Osvaldo Artaza Barrios

Decano

En estos días vivimos tiempos muy duros. La pandemia por el coronavirus está dejando una dramática huella en nuestro país. Al momento de escribir estas líneas, tenemos más de 300 mil contagiados y más de 6 mil compatriotas fallecidos, lo que nos sitúa dentro de los países de Sudamérica más golpeados. No solo estamos viviendo el dolor de saber que fallecen tantas personas, algunas cercanas, sino también la angustia de estar conscientes de las secuelas sociales y económicas que esta crisis sanitaria está dejando en nuestro país y que muchas y muchos de nuestra comunidad universitaria ya están viviendo en carne propia.

Luego de la pandemia, tendremos un país más empobrecido y con muchos más problemas sociales y de salud no resueltos: desempleo y sus consecuencias; largas listas de espera que se habrán multiplicado, secuelas respiratorias derivadas del COVID-19, agravamiento de problemas de salud asociados a la pobreza (metabólicos y cardiovasculares) y una enorme presión en el ámbito de la salud mental, entre muchos otros problemas, que harán de la salud y de las áreas sociales, temas aún más prioritarios en el próximo tiempo. Será esencial que los derechos sociales sean un eje en el debate constitucional próximo y que se realizen reformas urgentes que permitan que el sistema de salud chileno pueda actuar más unitaria, solidaria y equitativamente frente a las enormes demandas futuras, así como la urgencia de cambios profundos en nuestro sistema de protección social y modelo de desarrollo, a fin de que se superen las profundas desigualdades actuales.

La dolorosa experiencia de la pandemia, nos señala múltiples ámbitos de mejora: en la fortaleza institucional en salud pública; en los desafíos país para superar las profundas inequidades y en el gran peso de las determinantes sociales de la salud; en las causas de la pérdida de disposición de las personas para actuar con sentido de bien común; y en la concentración del poder que obstaculiza la riqueza de la acción desde los territorios.  Todos estos ámbitos no obligan como universidad a reflexionar, proponer y a actuar para producir grandes transformaciones.

Nuestra comunidad universitaria ha vivido como todas y todos días difíciles. Sostener en modalidad virtual un proceso de enseñanza aprendizaje no ha sido tarea sencilla, ni para nuestros estudiantes, ni para nuestros docentes y académicos. En las múltiples conversaciones que he sostenido con académicos, con estudiantes y sus dirigentes, he escuchado testimonios que para mí han sido desgarradores. Dentro de este contexto, sin duda abrumador, he escuchado también un enorme compromiso por seguir estudiando, incluso a veces, en condiciones heroicas, junto a muchos ejemplos hermosos de resiliencia, innovación, creatividad y fortaleza, para mantener y mejorar nuestras modalidades online y avanzar en entregar resultados de aprendizaje. Esos testimonios de estudiantes y académicos, me llenan de esperanza.

Los días próximos necesitaremos de una sobredosis de esperanza. Como comunidad universitaria, estamos llamados a reforzar solidariamente nuestra unidad interna, para entre todas y todos, seguir mejorando nuestros procesos de enseñanza, en que nadie se quede atrás. Para más allá del distanciamiento físico, estar más vínculados y unidos que nunca, “poniendo en el cuerpo” nuestro sentido de comunidad y contribuir con un alto sentido de responsabilidad social, a desarrollar un clima respetuoso, dialógico y plural de “bien común” que nos permita a las chilenas y chilenos, sobre todo a los más vulnerables, salir adelante.

En todo este contexto, entre la angustia y la esperanza, las facultades de Ciencias de la Salud y de Ciencias Sociales, se encuentran construyendo un ínedito proceso de integración en torno a reflexiones sobre el “buen vivir”, y el bienestar de personas y comunidades. Hoy más que nunca urge repensar el rol de la universidad y el de su contribución a la sociedad. Hoy, más que nunca urge acompasar nuestros procesos formativos a las necesidades de nuestro pueblo. Hoy, más que nunca cobra vigencia el ocuparse de formar profesionales integros, éticos, solidarios, capaces de contribuir a la construcción de realidades más justas y equitativas, que posibiliten la expresión plena y multidimensional de lo humano. Hoy, más que nunca surge la obligación ética de que “tenemos que hablar de Chile”. Aún en la angustia y el dolor, crece con fuerza la luz de la esperanza, la vida siempre es más fuerte.

Un abrazo cariñoso.

 

 

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