Con más de 20 años de trayectoria en el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), Fernando Alejandro Torres P., egresado de la carrera de Agronomía de Universidad de Las Américas, ha desarrollado una carrera profundamente ligada al trabajo en terreno, la sanidad agrícola y el acompañamiento a la Agricultura Familiar Campesina e Indígena (AFCI). Su experiencia refleja una mirada de la agronomía conectada con el territorio, las personas y los desafíos actuales del país.
¿Qué te ha enseñado el contacto permanente con la agricultura familiar campesina e indígena sobre el rol social del ingeniero agrónomo?
Desde mi perspectiva como ingeniero agrónomo en el servicio público, y en específico en el SAG, en donde ya llevo 21 años, el contacto con la Agricultura Familiar Campesina e Indígena me ha enseñado que nuestra labor trasciende lo técnico; somos, en esencia, articuladores de oportunidades y garantes de un patrimonio vivo.
El rol social del ingeniero agrónomo en este contexto se define por tres aprendizajes fundamentales:
La técnica debe ser situada: no basta con aplicar conocimientos de laboratorio; la eficacia está en integrar la ciencia con el saber ancestral y las realidades del territorio.
Soberanía y seguridad alimentaria: el agrónomo es clave para asegurar alimentos y fortalecer a los pequeños productores, especialmente en contextos rurales y frente al cambio climático.
Empatía como herramienta de trabajo: antes de observar un cultivo, hay que escuchar al agricultor. Detrás de cada producción hay una familia y una historia que debemos valorar y potenciar.

¿Cómo logras traducir conocimientos técnicos en mensajes claros y útiles para productores de distintas edades, experiencias y contextos culturales?
Para lograr que el conocimiento técnico se convierta en una herramienta real de cambio en el campo, y principalmente con la AFCI, no basta con solo tratar de simplificar el mensaje, sino de conectarlo con la realidad cotidiana del productor.
Dependiendo del público objetivo, así como damos charlas y capacitaciones de contenido técnico, también hay que considerar la conversación en el predio, cara a cara con el agricultor. Utilizar comparaciones con procesos que él ya conoce. Por ejemplo, al explicar el ciclo de algún hongo fitopatólogo, no hablar de esporas y micelios; hablar de “semillas invisibles” que necesitan humedad y calor para “germinar” en la planta, tal como ellos conocen sus cultivos.
Por otra parte, elaboramos con el equipo técnico manuales orientados a profesionales del rubro, como también fichas y guías de campo con muchas imágenes y poco texto, con lenguaje directo y sencillo, con el objetivo de que el agricultor pueda identificar el daño y eventualmente reconocer qué patógeno está afectando sus cultivos. Cuando un joven usa una app y un adulto mayor usa su memoria visual para reconocer una plaga, ambos están haciendo vigilancia fitosanitaria.
Con los usuarios más jóvenes, aprovechamos la tecnología y las redes sociales. Con los mayores y en comunidades indígenas, el respeto por los tiempos y la palabra es clave. Aquí, el mensaje debe transmitirse con paciencia, a menudo vinculándolo a la protección de la tierra como herencia para sus nietos, lo que le da un sentido de propósito mucho más profundo que una simple instrucción técnica.
Mi objetivo final es que el productor no solo aprenda “qué hacer”, sino que entienda el “por qué”, para que pueda tomar decisiones de forma oportuna con nuestra colaboración.

¿Cuáles consideras que son hoy los principales desafíos sanitarios que enfrenta el campo chileno y qué importancia tiene la prevención para una agricultura sostenible y resiliente?
Desde mi experiencia desempeñándome como jefe de Subdepto. de Vigilancia y Control de Plagas Agrícolas del SAG, los desafíos sanitarios actuales no son estáticos; evolucionan con el cambio climático y el comercio global. Hoy, el campo chileno enfrenta retos que exigen pasar de una actitud reactiva a una de anticipación estratégica.
El aumento de temperaturas y las lluvias extremas están alterando los ciclos biológicos. Plagas que antes eran geográficamente limitadas ahora se desplazan a nuevas zonas, y especies que no eran una amenaza hoy encuentran condiciones ideales para propagarse. Chile ya no es la isla fitosanitaria que antiguamente se consideraba.
Chile debe redoblar esfuerzos para mantener su estatus de país libre de plagas críticas. Actualmente mantenemos vigilancia intensiva sobre especies como la mosca de la fruta y Lobesia botrana, entre muchas otras que podrían generar graves daños si ingresan.
La velocidad del comercio exige una precisión técnica impecable para asegurar que nuestras exportaciones cumplan con estándares internacionales.
Existe un desafío ético y normativo de reducir la dependencia de plaguicidas químicos, avanzando hacia prácticas más responsables con el entorno.
La prevención no es un gasto, es la inversión más rentable para una agricultura sostenible, ya que permite mayor resiliencia económica, una mejor anticipación de riesgos y un menor impacto ambiental.

Mirando tu camino profesional y el reconocimiento como egresado destacado UDLA 2025, ¿qué aprendizajes de tu formación en Agronomía en UDLA han sido clave en tu trayectoria?
En primer lugar, recibir el reconocimiento como Egresado Destacado UDLA 2025 fue un momento para reflexionar sobre los inicios de mi carrera. Siento que mi paso por la Universidad me entregó una “caja de herramientas” donde los valores humanos pesaban tanto como los conocimientos técnicos.
El enfoque de responsabilidad ciudadana, la resiliencia y la adaptabilidad, y la valoración de la diversidad han sido claves en mi trayectoria. La Universidad me enseñó que la agronomía, si bien es una ciencia, su ejercicio es un acto de servicio.
Ser un “egresado destacado” para mí significa, simplemente, haber logrado mantener vivo ese compromiso con la comunidad en cada fiscalización, en cada charla técnica y en cada política pública que me ha tocado liderar.