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Ema Céspedes, ingeniera agrónoma de Universidad de Las Américas, es la fundadora de El Vivero de Robinson Crusoe, un emprendimiento local dedicado a la producción especializada de especies endémicas, nativas, ornamentales y herbales del archipiélago Juan Fernández. Este proyecto nace desde su experiencia técnica y su profundo compromiso con la conservación del territorio, trabajo que ha desarrollado junto a instituciones públicas como CONAF en iniciativas de reforestación y restauración ecológica.

Gracias a su aporte al cuidado del patrimonio natural del archipiélago y al impacto de su proyecto en la comunidad, Ema Céspedes fue reconocida en 2025 como Egresada Destacada UDLA, distinción que refleja los valores del Sello UDLA y su compromiso con el desarrollo sostenible y la protección de la biodiversidad.

Tu proyecto “El Vivero de Robinson Crusoe” ha sido reconocido a nivel nacional y tiene un fuerte impacto comunitario. ¿Qué te motivó a crear este espacio y cómo ha ido transformándose desde una idea personal a un proyecto colectivo con sentido territorial?

El Vivero de Robinson Crusoe es un proyecto que recién está comenzando. Nace principalmente desde la preocupación por la situación ambiental que enfrenta la isla, especialmente frente al cambio climático y la amenaza de extinción que afecta a muchas de nuestras especies nativas y endémicas. Robinson Crusoe tiene una biodiversidad única en el mundo, pero también muy frágil, y muchas veces estos desafíos no han sido abordados con suficiente enfoque en la conservación y el conocimiento científico.

La idea del vivero surge como una forma concreta de aportar a la protección de esa biodiversidad, a través de la propagación de plantas nativas y la restauración ecológica. Con el tiempo, lo que comenzó como una inquietud personal busca transformarse en un proyecto con sentido comunitario, donde también se promueva la educación ambiental y el trabajo colectivo para cuidar

 

 ¿Qué has aprendido del trabajo colaborativo con la comunidad y de la relación entre las personas y la biodiversidad de la isla? 

El vivero nace como un espacio que no solo busca propagar plantas nativas, sino también convertirse en un lugar de encuentro, aprendizaje e inspiración para las personas de la isla. La idea es que la comunidad pueda conocer mejor las especies que existen aquí y comprender la importancia que tienen dentro del lugar donde vivimos. Estas especies forman parte de nuestro patrimonio natural; son algo único que queda para las generaciones que habitan y habitarán la isla.

Sin estas plantas endémicas, la vegetación de Robinson Crusoe sería como la de cualquier otra isla del mundo. Pero este territorio es extraordinario: su morfología, su ecosistema terrestre y también su mar albergan una biodiversidad única, con muchas especies endémicas. Cuidar esta naturaleza significa mantener el equilibrio entre lo terrestre y lo marino, lo que permite que no solo las plantas prevalezcan, sino también los insectos, las aves endémicas y muchas otras formas de vida que dependen de este ecosistema tan especial.

Por eso el vivero también busca inspirar a las personas a valorar y proteger este patrimonio natural, entendiendo que conservar la biodiversidad de la isla es, en el fondo, cuidar el lugar donde vivimos.

 ¿De qué manera tu formación en Agronomía en UDLA te ayudó a comprender que tenías este propósito y a asumir una misión vinculada al equilibrio entre naturaleza y personas? 

Vivir en Robinson Crusoe ha sido uno de mis mayores anhelos desde la primera vez que vine, cuando tenía alrededor de 17 años. Desde ese momento sentí que era un lugar distinto a cualquier otro que hubiera conocido. No sé si son sus energías, su paisaje o todo lo que lo rodea, pero hay algo en esta isla que la hace profundamente especial. Es un lugar increíble, como si estuviera más cerca del cielo, casi tocando el espacio. Tiene una fuerza y una energía que es difícil de describir con palabras.

Con el tiempo, y gracias a mi formación como ingeniera agrónoma, fui entendiendo aún más el valor extraordinario de este territorio. Mi carrera me ha permitido mirar la naturaleza de la isla desde la ciencia y la conservación, comprendiendo la fragilidad y al mismo tiempo la riqueza única de sus especies endémicas.

De alguna manera, ese vínculo personal con la isla y mi formación profesional se encontraron en un mismo camino: el sueño de crear el primer vivero de especies endémicas aquí en Robinson Crusoe. Un espacio que no solo ayude a conservar y propagar estas plantas únicas en el mundo, sino también a proteger el patrimonio natural que hace de esta isla un lugar tan extraordinario.

 ¿Qué valores o aprendizajes del Sello UDLA sientes que han sido fundamentales para sostener este proyecto con perseverancia, empatía y compromiso ambiental en un territorio tan único y desafiante?

Tal como dice la pregunta, creo que palabras como perseverancia y empatía han sido fundamentales en este camino. Con el tiempo uno aprende a mirar la naturaleza de otra forma, a entender un poco más de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y cuando uno empieza a comprender, también empieza a sentir cariño. Y cuando hay cariño, aparece la empatía.

Esa empatía te hace sentir profundamente ligada a lo que estás haciendo y al lugar donde estás. En este caso, a especies que han estado aquí mucho antes que nosotros, por miles de años. Muchas de ellas hoy están amenazadas o desplazadas, en parte por la acción humana. A lo largo del tiempo se introdujeron especies como el pino o el eucalipto para la construcción, que terminaron arrasando gran parte de la isla. Lo mismo ocurre con otras especies invasoras como la mora o incluso el maqui, que en el continente es nativo, pero aquí también se comporta como invasor.

El clima de la isla funciona casi como un gran invernadero natural: todo crece con mucha fuerza. Eso hace que estas especies invasoras se expandan rápidamente, empobreciendo los suelos, acidificándolos y generando erosión en lugares donde antes existían especies únicas.

Por eso creo que es tan importante volver a mirar este territorio con cariño y respeto. Entender lo que ha pasado, pero también lo que todavía podemos hacer para protegerlo. Esa empatía hacia la naturaleza es lo que me inspira, y espero que también pueda inspirar a otras personas.