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A partir de la necesidad mundial que ha existido en los últimos meses por contar con vacunas y medicamentos eficaces para hacer frente a los problemas de salud pública, el Decano de la Facultad de Salud y Ciencias Sociales, Osvaldo Artaza, junto a otros profesionales del área de la salud a nivel internacional, reflexionaron sobre esta temática en la Revista The Lancet.

Los profesionales apuntan que existe una gran preocupación por la marginación de la producción científica de los países de ingresos bajos y medios (PIBM). En ese sentido, afirman que “estas naciones suelen tener escasos recursos públicos para invertir en ciencia y, en consecuencia, tienden a producir menos publicaciones indexadas en comparación con los países de altos ingresos (PIA)”.

El documento manifiesta que “es bastante miope evaluar el poder científico de los países de ingresos bajos exclusivamente en base a la cantidad de conocimiento y productos que los países de ingresos bajos y medianos adoptan o compran, más que como el grado de soberanía científica que estos últimos pueden desarrollar. Además, reducir el concepto de innovación a la transferencia unilateral de conocimientos de los países de ingresos altos al resto del mundo, donde las vacunas y los medicamentos se prueban más que se desarrollan, en realidad contradice el propósito mismo de las actividades científicas”.

Uno de los caminos para que los países de ingresos bajos y medianos persigan el avance científico en la misma medida que los países de ingresos superiores, los autores explican que  “deberían potenciar la pluralidad de conocimientos que hacen que sus entornos sean diversos y enriquecedores fuera del laboratorio y la clínica. En consecuencia, los países de ingresos bajos y medianos tendrían que privilegiar otras definiciones y comprensiones de la salud y el bienestar por sobre una versión medicalizada de la salud y la vida”.

En esa línea, aseguran que “incluso si no se siguiera este camino, no se debería exigir que los países de ingresos bajos y medianos renuncien a una presencia clave en el escenario mundial. No se debería exigir a los pacientes, consumidores, médicos e investigadores de los países de ingresos bajos y medianos que validen los métodos y resultados de los ensayos elaborados en los países de ingresos bajos sin fortalecer la capacidad local en investigación, desarrollo tecnológico y producción de medicamentos (incluidas las vacunas) para convertirse en una contraparte cada vez más equitativa en todos los países”.

Para finalizar, Artaza junto a los otros académicos, reflexionan sobre la asistencia público-privada en esta temática: “Cualquier colaboración entre gobiernos, o instituciones académicas o públicas y privadas, entre países con diferentes niveles de ingresos debe apuntar hacia la soberanía científica y, eventualmente, la diseminación del conocimiento. Los instrumentos, acuerdos y financiadores internacionales deben garantizar que existan políticas para promover la equidad y, en última instancia, garantizar colaboraciones científicas igualitarias”

Para leer de forma completa el documento, puedes pinchar aquí.

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